Margarita Alfaro y Miriam Plascencia
Son muchos los estudios dedicados a dilucidar cómo se han dado las
prácticas de la lectura y la escritura a lo largo del tiempo y en distintas
culturas, dichos estudios muestran una diversidad de manifestaciones, tantas
que el investigador Robert Darnton señaló “las diferencias parece que no tienen
fin, ya que la lectura no es una simple habilidad, sino una manera de elaborar
significado”. (citado por Solé, 2001, p. 16).
Si nos remontamos a la Europa de los
siglos XVI y XVII, veremos que la lectura estaba ligada a los usos religiosos,
era una experiencia oral pública y los textos se escuchaban y se contestaban,
en muchos casos en latín, indiscernible para la mayoría; lo que nos indica que
no había el más mínimo interés por la comprensión del texto.
Hoy se habla de pocos lectores, pero
desde la Edad Media hasta inicios del siglo XIX, se leían pocos libros y las
pocas lecturas realizadas pasaban de una generación a otra de manera oral y
compartida en tertulias. Los cambios en las concepciones del hombre, la
naturaleza y el poder de la cultura fueron transformando paulatinamente esta
concepción de la lectura colectiva en una relación silenciosa del lector con el
texto.
Desde el último tercio del siglo XX, se
popularizan la lectura intensiva (centrada en el análisis profundo y detallado
de textos breves o fragmentos) y la extensiva (basada en la comprensión de
obras completas de mayor extensión), hasta llegar en algunos grupos sociales, a
convertirse en una lectura intensiva calificada de extensiva, cuyo objetivo es
“...conocer precisamente lo que es poco conocido (…) se parte de una
desconfianza que conduce más a examinar que a creer, más a interpretar que a
reverenciar, más a construir que a copiar” (Solé, 2001, p. 19), y se investiga
a detalle todo lo necesario para contextualizar obra, autor, medio, realidad,
intención, significado.
Esta práctica de lectura que ha ganado
espacio en la vida académica y de investigación, se ha tratado de difundir
mediante la universalización de la escolarización. En ella se prima el papel
activo del lector, lo cual representa
una condición institucional de consenso relativamente nueva en la cultura de
Occidente.
Las prácticas de escritura, van por
otra vía, partiendo de cuestiones comerciales y económicas que había que
documentar, por supuesto, la religión y sus representantes también están
ligados a estos principios de control. Al tratarse de sociedades jerarquizadas
y androcéntricas donde la educación no es para todos, surge la figura del
escriba para cumplir estas funciones.
No está de más recordar que la palabra
escrita ha tenido muchos detractores a lo largo de la historia, entre ellos,
paradójicamente, Platón, que inmortalizó la figura de Sócrates merced a los
escritos que produjo acerca de su maestro, quien no elaboró documento alguno en
el cual plasmara sus ideas; pues bien, pese a ello, este filósofo argumenta,
entre otras cosas, que la escritura hará perder la memoria y volverá perezoso
al cerebro.
Hoy se habla de la lectura y la escritura como
actividades complejas en las que los seres humanos actúan en conexión con y por
mediación de artefactos semióticos (textos) que son, a su vez, producto y
objeto de una actividad análoga previa. Entendiendo que “una cosa es más
compleja entre más difícil sea de comprender” (Thérien, 2005, p. 43),
La perspectiva pedagógica de la lectura
ha variado dependiendo del auge de ciertas teorías o escuelas de la psicología:
positivista, conductista, pragmática, cognitiva, etc. Por ejemplo, ha sido
determinante la influencia del conductismo estadounidense orientada a la cuantificación
y la aplicación de test para universalizar la escolarización de la lectura,
favoreciendo estrategias de lectura como: lectura rápida, cantidad de palabras leídas por minuto, fluidez y cantidad de errores de
dicción, memorización de datos, rescate de ideas principales, identificación de
personajes principales y secundarios, reforzamiento con puntos extras u otros
premios.
El abuso en este tenor dio lugar a
nuevos enfoques como el de la psicología cognitiva, que se ocupa del estudio de
otras funciones psicológicas más allá de la memoria y la cibernética, pretende
ser coherente con la contemplación de diferentes grados de lectura, lo más delimitados posible en
términos observacionales para que el profesor pueda establecer ayudas a cada alumno, en función
de los diferentes niveles de competencia,
adquiriendo importancia los ejercicios de contextualización de palabras,
adivinación de significados por analogía y contexto.
En la perspectiva psicolingüística,
Kenneth Goodman asume el proceso de lectura como uno en el cual el lector
aplica estrategias de muestreo, predicción, inferencia y evaluación para lograr
una lectura efectiva (que produzca sentido) y eficiente (en cuanto al tiempo,
energía y esfuerzo invertido en ella).
Los ciclos del proceso lector implican
una etapa óptica, otra perceptiva, una sintáctica y otra semántica, en la cual
el hombre relaciona un significado, consigo mismo, con las demás personas y con
el mundo circundante.
La suma de todas estas visiones,
permite entender el enfoque postulado por el psicólogo ruso Lev Vigotsky, pilar
del constructivismo social del que nos hablan las competencias del BGC. Desde
su teoría, sentido y valor de lectura y escritura son comprendidas como formas
especializadas de actividad humana, que sólo cobran sentido desde las condiciones
sociales y culturales específicas del contexto en que se utilicen. Ello supone
la apropiación, en diversos grados de dominio, de un conjunto de conocimientos,
procedimientos, valores y actitudes que constituyen una herencia cultural, es
decir, leemos con todo aquello que ha formado parte de nuestro aprendizaje
social, no sólo con la vista como algo pragmático y aislado.
Por último, no se deben dejar de lado
las teorías sobre literacidad surgidas a finales del siglo XX que señalan
que en la comprensión lectora académica,
los usuarios realizan operaciones intelectuales con mayor grado de abstracción,
manejan un léxico especializado, realizan operaciones de relación, síntesis,
inferencia y generalización de información, por lo cual una lectura implica
muchas otras complementarias para lograr la integración total de los elementos
interpretativos indispensables.
Se presenta pues, la lectura como
herramienta epistémica indispensable, considerando que permite el desarrollo de
habilidades para aprender a aprender, esto es, para realizar búsquedas más allá
de los procesos formativos estrictamente curriculares.
“Los estudiantes universitarios
necesitan seguir aprendiendo. Lo que hoy les enseñamos quizás mañana resulte
caduco y, sin duda, será insuficiente. Los alumnos precisan continuar
aprendiendo más allá de nuestras clases, una vez finalizados sus estudios formales.”
(Carlino, 2004, p. 8)
La enseñanza de la comprensión lectora
Según María Eugenia Dubois (1991), en los últimos
cincuenta años han prevalecido tres teorías en torno al proceso de la lectura.
La primera, desde los años sesenta aproximadamente, concibe la lectura como una
mera transferencia de información; la segunda, considera que la lectura es el
producto de la interacción entre el pensamiento y el lenguaje; la tercera, entiende
la lectura como un proceso de transacción entre el lector y el texto.
La lectura como transferencia de información
supone tres niveles, el primero implica el conocimiento de las palabras; el
segundo, la comprensión, y tercero, la evaluación. La comprensión posee
diversos subniveles: la comprensión de lo explícito (dicho en el texto); la
comprensión de lo implícito (inferencia), y la lectura crítica que evalúa la
calidad de texto (ideas, argumentación, propósito del autor). De acuerdo con
esta concepción, el lector comprende un texto cuando es capaz precisamente de
extraer el significado que el mismo texto le ofrece. Esta teoría tuvo tanto
arraigo que aún hoy encontramos docentes que sólo pretenden de sus estudiantes la
extracción del significado e ideas principales de un texto.
La lectura como un proceso interactivo
deriva de la psicolingüística y la psicología cognitiva a finales de la década
del setenta, desde la teoría del esquema, en la cual, la información contenida
en el texto se integra a los conocimientos previos del lector e influyen en su
proceso de comprensión. El lector interactúa y construye significados (Goodman,1982);
entender un texto, entonces, implica encontrar la configuración de esquemas
apropiados para explicarlo: "el sentido del texto no está en las palabras
u oraciones que componen el mensaje escrito, sino en la mente del autor y en la
del lector cuando reconstruye el texto en forma significativa para él".
(Dubois, 1991. p.11)
La lectura como proceso transaccional
habla de una relación recíproca que se
da entre el cognoscente y lo conocido: "circuito dinámico, fluido, (…)
interfusión del lector y el texto en una síntesis única que constituye el
significado ya se trate de un informe científico o de un "poema"
(Rosenblatt, 1985, p.67), lo cual da lugar a un nuevo texto en la mente del
lector particular. De acuerdo con esta teoría, el significado de este nuevo
texto es mayor que la suma de las partes en el cerebro del lector o en la
página. (Rosenblatt, 1978). Y es justo en esta amplitud creada donde radica la diferencia
entre la teoría transaccional y la interactiva, el significado que se crea
cuando el lector y el autor se encuentran en los textos es mayor que el texto
escrito o que los conocimientos previos del lector.
Cabe apuntar que Cairney (1992) considera que el
significado que aquí se crea es relativo, pues dependerá de las transacciones
que se produzcan entre los lectores y los textos en un contexto específico. Así
pues, por más que los lectores compartan
una cultura, lean en un ambiente similar y creen textos semejantes en sus
mentes, el significado que cada uno cree será diferente. Ello impide que dos
individuos que leen un texto conocido lleguen a las mismas interpretaciones, lo
cual convierte en una obstinación del docente el limitarse a preguntar cosas explícitas,
o bien, cosas que dependerán de la apreciación pretendiendo una sola interpretación
como correcta (la que ellos mismos realizaron), para juzgarla cuantificable. En
todo caso, abre la puerta a la mediación del docente para provocar nuevas
construcciones de significado por parte del alumno.
Existe un consenso entre todos los
investigadores sobre lo que debe enseñarse al alumno para hacer más eficaz y
efectiva su lectura: antes de la lectura, preguntarse ¿para qué voy a leer? (para
aprender, para exponer, para obtener información precisa, para seguir
instrucciones, para demostrar que lo se
ha comprendido, por placer, etc.); durante la lectura, formular hipótesis y
predicciones, releer partes confusas, consultar el diccionario, pensar en voz
alta para asegurar la comprensión y crear imágenes mentales para visualizar
descripciones vagas; después de la lectura: hacer síntesis, formular y
responder preguntas, recontar, utilizar organizadores gráficos.
Muchos estudios confirman que las acciones que comparten los lectores
competentes constituyen en sí mismas estrategias de
comprensión lectora que dotan a los alumnos de los recursos necesarios para
aprender de manera autónoma. Dichas acciones son:
I. Utilizar el
conocimiento previo para darle sentido a la lectura.
II. Monitorear su comprensión durante todo el
proceso de la lectura.
III. Corregir los errores de comprensión una
vez detectados.
IV. Distinguir lo importante en los textos que
se lee.
V. Hacer resúmenes por voluntad propia.
VI. Realizar inferencias durante y después de
la lectura.
VII. Formular ellos mismos preguntas de
contenido.
Un método recomendado
para enseñar lo anterior es el modelado cuyo proceso está contenido en la
siguiente tabla.
|
Introducción
|
Demostración
|
Práctica guiada
|
Práctica individual
|
Auto
evaluación
|
Hetero
evaluación
|
|
Evaluación del conocimiento
previo de los estudiantes sobre la estrategia. Explicación del
objetivo y utilidad de la misma.
|
Explicación y descripción simultáneas al modelado del docente. Espacio
para formular y responder preguntas.
|
Los estudiantes leen solos o en grupo practicando la estrategia aprendida
con la mediación del docente.
|
Cada alumno practica de manera independiente lo aprendido con material
nuevo, ya sea en casa o en la clase.
|
El docente solicita a los estudiantes que se
autoevalúen. Abre espacio para nuevas dudas y ajustes.
|
El docente aplica los instrumentos de
evaluación adecuados para verificar el dominio de la estrategia.
|
Para concluir, es importante tener en cuenta
que de nada nos sirve conocer todo esto. Si vamos a continuar enseñando tal y
como lo hemos hecho hasta hoy. Si queremos alumnos constructores de
significados, no lectores pasivos de textos que transfieren únicamente la
información, cambiemos la forma de enseñar la comprensión lectora: trabajemos
con textos completos, no fragmentados; tengamos en cuenta que, por su
complejidad, es importante que la lectura se lleve a cabo siempre
silenciosamente, pues la lectura en voz alta dificulta la concentración, en
tanto que, en silencio, se puede leer de una manera conveniente según el
objetivo de lectura; variemos los tipos, géneros, disciplinas y temática de los
textos; aceptemos las respuestas e interpretaciones individuales, mediando para
ajustar las que sean poco fundamentadas; ayudemos a los alumnos a que utilicen
la lectura para aprender cosas sobre ellos mismos y su entorno.
Bibliografía
Cairney, T. H. (1992). Enseñanza de la comprensión lectora.
Madrid, MEC/Morata.
Carlino, P. (2004). ¿De qué modos incentivar en nuestras instituciones
la responsabilidad compartida por cómo se lee y se escribe en la
Universidad/Institutos de Formación Docente, IFD? Simposio Leer y Escribir
en la Educación Superior, I Congreso Internacional Educación, Lenguaje y
Sociedad “Tensiones educativas en América Latina”. Universidad Nacional de
la Pampa, Santa Rosa, La Pampa, 1-3 de julio de 2004. Disponible en: http://www.fchst.unlpam.edu.ar/iciels/256.pdf
Dubois,
M. (1991). El proceso de la lectura: de
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Goodman, K. (1982).El proceso de lectura: consideraciones a través de
las lenguas y del desarrollo. En Ferreiro, E. & Gómez, M. Nuevas
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Rosenblatt, L.M, Literaturre as exploration. En
Quintana, H. (2003). La enseñanza de la
comprensión lectora. Revista
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Solé, I. (1994).
Estrategias de Lectura. Barcelona: Editorial Graó.
Solé, I. (2001). Leer, lectura, comprensión: ¿hemos hablado siempre de
lo mismo? En Bofarull, M. Comprensión lectora: el uso de la lengua como
procedimiento. España: Editorial Graó.
Thérien,
G. (2005). Lectura, imaginación y memoria.
Cali: Universidad del Valle.
Vigotski, L. (1989). El desarrollo de los procesos psicológicos
superiores. Barcelona: Crítica.
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